prólogo:
Un chico de
cabellos lacios y finos de color negro y ojos azules, quien no debía tener más de 12 años, corría
por las calles de villa del parque que estaban empapadas por la lluvia y
desoladas, pese a ser cerca de las doce del mediodía. El cielo estaba oscuro y
gris como si fuese el comienzo de la noche. Ian perseguía al chico de adelante,
que era un poco más alto, quizás unos 10 centímetros , con
las características de un asiático, pero de una piel más blanca de lo normal.
El asiático no es que escapase
de Ian, más bien lo conducía a donde pretendía llegar.
Una mujer con un paraguas
rosado los miró pensando, ¿quién es tan irresponsable como para dejar que dos
niños corran por las calles mojadas en un día tan lluvioso? La mirada de Hyoga
no fue la de un pre adolescente normal, insinuó que ella debía alejarse. La
mujer creyó que no era su asunto y siguió caminando apresurada como si Hyoga la
asustase, podría haber jurado ver en sus ojos un tinte color rojo.
Se detuvieron en un callejón
que no los cubría en nada de la lluvia. Los ojos azules de Ian apagaron las luces de la ciudad, todas a la vez. Aun
así la visión de los niños era tan perfecta como la del gato gris que se había esfumado al verlos
llegar.
-¡Deja de correr y
enfréntate!-protestó Ian con sus cabellos volados por el viento.
-Dejé de correr-afirmó Hyoga
sin ninguna preocupación y aire de superado metiendo las manos en los bolsillos
de su campera, que parecía hecha de algún material para evitar que se mojase
por dentro.
-¡Devuélveme mi
celular!-protestó Ian, enfocando sus ojos en una lámpara de luz que estalló
haciéndose añicos.
-¡Aquí tienes!-dijo
lanzándose lo-no me interesa tu celular, solo quería que me siguieses.
Obviamente no lo atrapó de
buen agrado, pero le llegó tan rápido a sus manos que al aparato no le cayó ni
una gota encima de agua.
-¡Así que eres lo que yo
pienso!-se acercó a Ian unos pasos a él
observando su tez tan pálida como la suya.
Él otro hizo caso omiso de su
comentario, siempre iba a lo suyo y raramente prestaba atención a lo que no
quería. Sus ojos se enrojecieron al ir distinguiendo entre el aroma a humedad
de los gastados ladrillos repletos de moho y el dulce sabor de algo que le
resultaba delicioso.
De golpe cayó un chico por lo
alto del paredón de ladrillos. Sus ojos verdes como esmeraldas llevaron su
atención a Hyoga, se parecía a él, solo que su mirada era suave y calma. En sus
brazos sostenía una chica de cabellos largos, oscuros y con ondas. Su tez
parecía con más vida que la de todos ellos.
-Está moribunda ¿porque la
traes?-preguntó Hyoga sin darse vuelta.
-Quería saber que
pensabas-respondió mirando triste a la chica que mantenía sus ojos cerrados y
el rostro empapado en sangre, lo que parecía deleitar a Ian. -¡No quiero que
muera!-su voz sonó desesperada.
-Acostúmbrate, la vida es
cruel. No eres Dios para salvar a todos los que están por morir-dijo Hyoga.
-Tiene la misma edad nuestra,
Y aun lucha por vivir, puedo sentir su respiración-dijo tomándole el pulso a la
chica-le queda un día.
-Mala idea haberla traído
aquí-dijo Hyoga viendo como Ian corría para arrebatársela de las manos, pero el
chico se movió del lugar muy sagazmente.
-Tranquilo Ian, la asustaras-dijo desde la esquina contraria
a donde había estado hace segundos. La niña seguía en sus brazos intacta, con
los ojos cerrados.
-Eso hacemos los que son como
yo-afirmó Ian, sin siquiera pensar en ¿como este chico sabía su nombre sin
conocerlo?
Hyoga sujetó a Ian, dando unos
pasos hasta dejarlo contra la pared.
Este último sentía una mezcla
de nervios y diversión. Este año, en que su vida cambió por completo, pasó de
ser un chico tranquilo, a pelear con cualquiera que lo enfrentase.
Ian se lanzó contra Hyoga
hasta hacerlo caer al suelo, pese a que eran bastante delgados tenían la fuerza
de un adulto. Rozó contra añicos del filamento metálico de la lámpara, que se
incrustaron en su ropa. Él asiático con un giro rápido puso a Ian debajo suyo,
dio un leve grito al sentir un vidrio rozando su hombro y de inmediato clavó
sus uñas en Hyoga para sujetarse.
Acercó su rostro a Hyoga
clavándole fuerte los colmillos en el cuello, los ojos verdes de su víctima se
vieron doloridos, pero reaccionó, tomándolo a Ian por una manga de su campera,
apretujándolo con fuerza, lo alzó hasta que se quedaron en pie, Ian estaba a
unos centímetros del suelo siendo sujetado por Hyoga, moviéndose para estar en
plano firme.
-Eres molesto, neo nato-dijo
Hyoga arrinconándolo contra la pared, e Ian pudo ver que no había ninguna
herida en el cuello de su enemigo y la sangre se detenía. -Si eres nuevo en
esto, sé cuidadoso con quien elijes, a menos que quieras convertirte en la
victima-lo enderezó para que lo mirase a los ojos-nunca elijas una victima
inocente como esa niña, o serás un vampiro mediocre al cual mataría.
Ian sintió que su cuerpo se
relajaba, y no podía moverse, al mismo tiempo que el otro chico lo mordía pero
sin usar el modo bestial de Ian, propio de un neo nato.
-Hyoga, no lo mates-dijo el otro
chico, acariciando los cabellos de la chica.
-Sabes que no mato neo natos-apoyó
al chico en el asfalto, sus ojos habían vuelto a ser azules, y se veía sin
energías.
-Hyoga, es peligroso dejarlo
solo.
-Su domador ya debe estar
llegando, nosotros no nos quedaremos a la fiesta-Hyoga hecho un vistazo a la
niña-¿Cuál es su nombre?
-Sakura. Está no será la única vez que habrá
que salvar su vida con mi magia-dijo liberando un extraño poder color verde que
surgía de sus manos, y las colocó cerca del corazón de la niña.
-Es casi humana-acotó Hyoga.
-Es especial-lo corrigió el mago.
-Parece que solo necesitaras
mi ayuda para no desmayarte-dijo Hyoga-cuando pides ayuda te refieres a
eso-recordó sintiéndose algo tonto. -¿Todos los magos tienen el poder de
resucitar gente?-no era la primera vez que le insistía con lo mismo.
El mago negó con la cabeza.
-¿Qué piensas del neo
nato?-Hyoga se refirió a Ian quien era vampiro desde no hace mucho.
-Sakura entrará en la vida de
Ian, y en unos años nuestros destinos se juntaran, será más que un simple
cruce.
A los pocos minutos, en que
los asiáticos habían desaparecido con la niña.
Un joven rubio, delgado, de
unos 21 años se acercó y clavó sus ojos en el niño, no se lo veía nada
sorprendido de verle la cara manchada, y gotas de lluvia que esparcían la
sangre por su ropaje. La mirada cansina de Ian y el aroma que desprendía le
dejaron evidencias de lo sucedido.
-¿Ian, estuviste peleando?
-No fue en el salón de
clases-se atajó a decir recordando que él, quien era su tutor, y se lo había
prohibido-tampoco escapé de clases-agregó para que no lo retasé, sabiendo que
era otra prohibición más.
-¿Un avance, supongo? Sigue
así y no te llevaras conducta a marzo.
-No quiero repetir séptimo
grado-acotó como si aquella idea lo asustase. El joven hubiese querido reírse
por su comentario inocente pero supo que no sería un buen ejemplo.
-Comportarse bien fuera de
clases sirve para ejercitar el buen comportamiento-respondió fingiendo
seriedad.
-¿A quien le
importa si lo hago? ¿a ti?-dijo Ian-ser bueno no me ayuda, mi familia y mis
amigos no han vuelto.
-Ian
tienes toda una vida por delante, no todo será malo, ya lo veras-dijo
acariciando sus cabellos-Si haces cosas buenas vendrán cosas buenas. El
problemas es que pides cosas imposibles, se que es difícil pero no puedes
cambiar el pasado.
-¡No me
importa! Quiero a mi mamá, a Lucia, mis amigos ¡quiero todo de nuevo!-dijo el
chico perdiendo la paciencia. No era la primera vez que hablaban el tema, había
pasado un año, pero el chico no aceptaba que por más que proteste nada de eso
volvería, al menos no es lo lógico. –No pienso en cambiar, no si la vida no me
devuelve todo.