viernes, 28 de noviembre de 2014

dimensiones y artefactos (prologo)

prólogo:

Un chico de cabellos lacios y finos de color negro y ojos azules,  quien no debía tener más de 12 años, corría por las calles de villa del parque que estaban empapadas por la lluvia y desoladas, pese a ser cerca de las doce del mediodía. El cielo estaba oscuro y gris como si fuese el comienzo de la noche. Ian perseguía al chico de adelante, que era un poco más alto, quizás unos 10 centímetros, con las características de un asiático, pero de una piel más blanca de lo normal.
El asiático no es que escapase de Ian, más bien lo conducía a donde pretendía llegar. 
Una mujer con un paraguas rosado los miró pensando, ¿quién es tan irresponsable como para dejar que dos niños corran por las calles mojadas en un día tan lluvioso? La mirada de Hyoga no fue la de un pre adolescente normal, insinuó que ella debía alejarse. La mujer creyó que no era su asunto y siguió caminando apresurada como si Hyoga la asustase, podría haber jurado ver en sus ojos un tinte color rojo. 
Se detuvieron en un callejón que no los cubría en nada de la lluvia. Los ojos azules de Ian apagaron  las luces de la ciudad, todas a la vez. Aun así la visión de los niños era tan perfecta como la del  gato gris que se había esfumado al verlos llegar.
-¡Deja de correr y enfréntate!-protestó Ian con sus cabellos volados por el viento.
-Dejé de correr-afirmó Hyoga sin ninguna preocupación y aire de superado metiendo las manos en los bolsillos de su campera, que parecía hecha de algún material para evitar que se mojase por dentro.
-¡Devuélveme mi celular!-protestó Ian, enfocando sus ojos en una lámpara de luz que estalló haciéndose añicos. 
-¡Aquí tienes!-dijo lanzándose lo-no me interesa tu celular, solo quería que me siguieses.
Obviamente no lo atrapó de buen agrado, pero le llegó tan rápido a sus manos que al aparato no le cayó ni una gota encima de agua.
-¡Así que eres lo que yo pienso!-se acercó a Ian unos pasos a él  observando su tez tan pálida como la suya.
Él otro hizo caso omiso de su comentario, siempre iba a lo suyo y raramente prestaba atención a lo que no quería. Sus ojos se enrojecieron al ir distinguiendo entre el aroma a humedad de los gastados ladrillos repletos de moho y el dulce sabor de algo que le resultaba delicioso.
De golpe cayó un chico por lo alto del paredón de ladrillos. Sus ojos verdes como esmeraldas llevaron su atención a Hyoga, se parecía a él, solo que su mirada era suave y calma. En sus brazos sostenía una chica de cabellos largos, oscuros y con ondas. Su tez parecía con más vida que la de todos ellos.
-Está moribunda ¿porque la traes?-preguntó Hyoga sin darse vuelta.
-Quería saber que pensabas-respondió mirando triste a la chica que mantenía sus ojos cerrados y el rostro empapado en sangre, lo que parecía deleitar a Ian. -¡No quiero que muera!-su voz sonó desesperada.
-Acostúmbrate, la vida es cruel. No eres Dios para salvar a todos los que están por morir-dijo Hyoga.
-Tiene la misma edad nuestra, Y aun lucha por vivir, puedo sentir su respiración-dijo tomándole el pulso a la chica-le queda un día.
-Mala idea haberla traído aquí-dijo Hyoga viendo como Ian corría para arrebatársela de las manos, pero el chico se movió del lugar muy sagazmente.
-Tranquilo Ian,  la asustaras-dijo desde la esquina contraria a donde había estado hace segundos. La niña seguía en sus brazos intacta, con los ojos cerrados.
-Eso hacemos los que son como yo-afirmó Ian, sin siquiera pensar en ¿como este chico sabía su nombre sin conocerlo?

Hyoga sujetó a Ian, dando unos pasos hasta dejarlo contra la pared.
Este último sentía una mezcla de nervios y diversión. Este año, en que su vida cambió por completo, pasó de ser un chico tranquilo, a pelear con cualquiera que lo enfrentase.
Ian se lanzó contra Hyoga hasta hacerlo caer al suelo, pese a que eran bastante delgados tenían la fuerza de un adulto. Rozó contra añicos del filamento metálico de la lámpara, que se incrustaron en su ropa. Él asiático con un giro rápido puso a Ian debajo suyo, dio un leve grito al sentir un vidrio rozando su hombro y de inmediato clavó sus uñas en Hyoga para sujetarse.
Acercó su rostro a Hyoga clavándole fuerte los colmillos en el cuello, los ojos verdes de su víctima se vieron doloridos, pero reaccionó, tomándolo a Ian por una manga de su campera, apretujándolo con fuerza, lo alzó hasta que se quedaron en pie, Ian estaba a unos centímetros del suelo siendo sujetado por Hyoga, moviéndose para estar en plano firme.
-Eres molesto, neo nato-dijo Hyoga arrinconándolo contra la pared, e Ian pudo ver que no había ninguna herida en el cuello de su enemigo y la sangre se detenía. -Si eres nuevo en esto, sé cuidadoso con quien elijes, a menos que quieras convertirte en la victima-lo enderezó para que lo mirase a los ojos-nunca elijas una victima inocente como esa niña, o serás un vampiro mediocre al cual mataría.
Ian sintió que su cuerpo se relajaba, y no podía moverse, al mismo tiempo que el otro chico lo mordía pero sin usar el modo bestial de Ian, propio de un neo nato.
-Hyoga, no lo mates-dijo el otro chico, acariciando los cabellos de la chica.
-Sabes que no mato neo natos-apoyó al chico en el asfalto, sus ojos habían vuelto a ser azules, y se veía sin energías.
-Hyoga, es peligroso dejarlo solo.
-Su domador ya debe estar llegando, nosotros no nos quedaremos a la fiesta-Hyoga hecho un vistazo a la niña-¿Cuál es su nombre?
 -Sakura. Está no será la única vez que habrá que salvar su vida con mi magia-dijo liberando un extraño poder color verde que surgía de sus manos, y las colocó cerca del corazón de la niña.
-Es casi humana-acotó Hyoga.
-Es especial-lo corrigió el mago.
-Parece que solo necesitaras mi ayuda para no desmayarte-dijo Hyoga-cuando pides ayuda te refieres a eso-recordó sintiéndose algo tonto. -¿Todos los magos tienen el poder de resucitar gente?-no era la primera vez que le insistía con lo mismo. 
El mago negó con la cabeza.
-¿Qué piensas del neo nato?-Hyoga se refirió a Ian quien era vampiro desde no hace mucho.
-Sakura entrará en la vida de Ian, y en unos años nuestros destinos se juntaran, será más que un simple cruce.  


A los pocos minutos, en que los asiáticos habían desaparecido con la niña.
Un joven rubio, delgado, de unos 21 años se acercó y clavó sus ojos en el niño, no se lo veía nada sorprendido de verle la cara manchada, y gotas de lluvia que esparcían la sangre por su ropaje. La mirada cansina de Ian y el aroma que desprendía le dejaron evidencias de lo sucedido.
-¿Ian, estuviste peleando?
-No fue en el salón de clases-se atajó a decir recordando que él, quien era su tutor, y se lo había prohibido-tampoco escapé de clases-agregó para que no lo retasé, sabiendo que era otra prohibición más.
-¿Un avance, supongo? Sigue así y no te llevaras conducta a marzo.
-No quiero repetir séptimo grado-acotó como si aquella idea lo asustase. El joven hubiese querido reírse por su comentario inocente pero supo que no sería un buen ejemplo.
-Comportarse bien fuera de clases sirve para ejercitar el buen comportamiento-respondió fingiendo seriedad.                                                       
-¿A quien le importa si lo hago? ¿a ti?-dijo Ian-ser bueno no me ayuda, mi familia y mis amigos no han vuelto.
-Ian tienes toda una vida por delante, no todo será malo, ya lo veras-dijo acariciando sus cabellos-Si haces cosas buenas vendrán cosas buenas. El problemas es que pides cosas imposibles, se que es difícil pero no puedes cambiar el pasado.

-¡No me importa! Quiero a mi mamá, a Lucia, mis amigos ¡quiero todo de nuevo!-dijo el chico perdiendo la paciencia. No era la primera vez que hablaban el tema, había pasado un año, pero el chico no aceptaba que por más que proteste nada de eso volvería, al menos no es lo lógico. –No pienso en cambiar, no si la vida no me devuelve todo.   

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