Capitulo 3 “Ian”
Me esmeraré por
que mi día sea un completo desastre, quiero decir “un hermoso día”, mejor dejo
lo otro. Pensar eso me hace sentir como
una niñita, queriendo jugar a las barbies en su casita de muñecas.
Decir barbies trae recuerdos de mi hermana, a ella le gustaba,
aunque pronto se aburría y prefería jugar conmigo. Una vez me senté con ella,
solo por animarla y de repente sus delicadas y hermosas barbies empezaban a
jugar a la pelota y contaban chistes malos.
Recuerdo que ese día había sido muy malo, papá se había
enojado mucho conmigo y me había pegado. ¿Qué fue lo que hice?, jugar a la
pelota dentro de casa, eso no le gustó. Aprovechó a descargar su furia conmigo,
ya que justó mamá por motivos de trabajo no estaba y eso empeoraba todo. Cada
vez que ella no estaba en casa, era un caos. Nunca le contaba nada por miedo,
no a ella, sino a él. Ese día quedamos asustados y tristes. Sus ojos violáceos
lágrimeaban, mientras sus brazos aferrados a los míos temblaban de dolor e
impotencia por no saber que hacer, estaba aterrado. Lo estábamos.
Lucia quería defenderme pero, ¿qué debería hacer una pequeña
niña contra un adulto? Aparte, una chica no debe defender a un chico.
Algunos recuerdos de mi familia acaban por ser borrosos. Como
si alguien se los hubiese llevado. Y otros se presentaban en sueños. Seguro por
la transformación, eso dijo Gaby.
De alguna extraña forma había rotó el calefón. Intenté repararlo cortando un caño gris y por
un momento dio la impresión de haber funcionado, hasta que escuché un extraño
ruido y decidí que ya había arreglado suficiente como para ir a pedir a Gabi
que me ayudara a contactar alguna persona que arregla esta cosa.
Por lo tanto me bañé con agua fría. ¡Ya pueden felicitarme!
Prepararé la lista sobre recados de “cosas que debo hacer”:
·
Comprar
comida
·
Ir al
colegio
·
Molestar a
Hyoga
·
Procurar
ser buen alumno en clase (solo fingiendo)
·
¡Aprender
a cocinar!
·
Nunca más
reparar un calefón.
Mire la heladera y solo
había queso, tomate, botellas con mi bebida favorita, y unos sandwiches. Si
Gaby no me recuerda lo que debo hacer en mi casa, siempre hago todo a último
momento.
Segundo item “ir al colegio” nah esa cosa aburrida no debería
estar en mi grandiosa lista, así que la taché. Releí el resto de la nota
tomando mi birome azul “molestar a Hyoga, con algún chiste malo” sonreí,
incluso la broma ya estaba planeada, solo espero que no salga tan mal como la ultima
vez o me hará volar de una patada al polo sur como prometió indicando con el
dedo índice hacia el sur, o eso creo, sigo creyendo que era el norte. Nunca
conocí ese sitio y tal vez no sea tan malo, pero viajar de una patada no lo
encuentro divertido. Le pediría que me acompañe pero él no me quiere y yo
tampoco lo quiero.
Luego de preparar la lista, la rompí en jirones, hice un bollo
y la lancé al tacho de basura que esta debajo de mi escritorio. Mi memoria es
demasiado buena como para necesitar esa clase de cosas tontas. Apenas escribo
lo que los profesores dicen en clases para no escuchar el discurso largo que a
ellos les encanta dar. Creen que de verdad algún día me preocupara. Les gusta
gastar gran tiempo en intentar explicar con todo el esmero lo que supuestamente
creen que debo aprender, aunque no tienen mucha paciencia conmigo y no los
culpo.
Fui a la cocina, la pared de mármol estaba salpicada del
postre de vainilla que deje cocinando mientras me duchaba.
Comencé a limpiar con un trapo el enchastre, primero las
paredes anaranjadas con puntitos amarillos, aunque se veía bastante artístico.
El postre daba un olor
asqueroso y eso que seguí las instrucciones. Bueno, en realidad salteé las
últimas, como esa de revolver constantemente, quizás no debí haber dejado el
postre cocinándose mientras me bañaba.
Enseguida terminé con
la mesada, quedo brillante, pero el olor hizo que abriera la ventana y eché
bastante perfume de limón, antes de que lleguen los bomberos, ya me pasó una
vez cocinando una tarta.
-¡Esto es injusto! ¿Qué clase de postre es tan estupido como
para burlarse de mí? Evidente que el de vainilla-dije observando la cacerola
quemada.
-¡Felicidades Ian, tu desayuno está arruinado!-me reproché. Y
corrí las botellas de líquido rojo de la heladera para sacar los sándwiches de
queso y jamón. Los había preparado anoche con mucho esmero. En realidad no, el
jamón se salía por todos los bordes.
Créanme, el resto de los días en casa, son muy parecidos al de
hoy. Pero cuando salgo, se vuelven mucho más interesantes.
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